Mostrando entradas con la etiqueta Mis cuentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mis cuentos. Mostrar todas las entradas

viernes, 29 de octubre de 2010

Mi tío Sito

Mi tío Sito era un hombre tranquilo, hablaba poco. Le gustaban las anchoas y los camarones. De pequeña le llamaba tío “Osito” (tenía los ojos como los de un oso panda). Pasábamos los veranos en su casa de la playa, había un jardín con árboles frutales y una pista de tenis abandonada. Me pasaba el día comiendo ciruelas, peras y manzanas. Él se pasaba el día leyendo en su hamaca o limpiando la piscina. Un día, muy de pequeña, dije que quería casarme con el tío “Osito” porque era rico y no molestaba. Mi padre no era pobre, pero siempre estaba gritando. Mi tío era nieto de un famoso fabricante de cerámica del siglo pasado. Sus platos ahora cuelgan en los museos. Me gustaba estar con mi tío Sito, era gallego, discreto y elegante. No expresaba mucho, pero le gustaba escuchar historias. En los restaurantes siempre le daban la mejor mesa. Solíamos ir a “Angelito”, un restaurante cerca de su casa. Había un patio interior con dos árboles centenarios, álamos blancos, árboles de hojas plateadas que cubrían las mesas con luz brillante. En él se juntaban los de siempre; los amigos de la playa. La mitad del tiempo, se levantaban unos y otros a saludarse entre ellos. Recuerdo el olor de los manteles y las patatas fritas recién hechas; era un lugar en el que no te podía pasar nada. Solíamos comer allí los domingos, después de la playa. Mi tío se sentaba en la esquina, mirando al patio, la gente venía saludarle. Siempre me pareció un hombre mayor, un señor de los de antes. Sin querer aparentarlo, formaba parte de los últimos caballeros gallegos. Murió con 81 años. Nunca hablé mucho con él, pero secretamente le admiraba y le respetaba. Le vi por última vez este verano. Me senté a su lado un buen rato. No hablamos de nada. Mi tía trajo un plato con anchoas y pan de maíz.

A mi tío.


(Pino Montalvo)

domingo, 1 de agosto de 2010

Por la mañana

Pasó media hora. No conseguía dormirme. Le oí levantarse y salir al jardín. Miré por la ventana. Iba hacia la piscina. Hacía ya un rato que había amanecido. A esas horas el jardín parecía estar iluminado por ángeles. Él no era un ángel; todo lo contrario. Aún así se le permitía caminar bajo esa luz y sumergirse en el agua. Me gustó verle entre los árboles. Aquel hombre, mitad hombre mitad animal, que había estado toda la noche encima de mí, cabalgando sin descansar, caminaba ahora por el jardín con los pájaros de la mañana.

Se metió en el agua despacio y buceó un buen rato. Me acordé de su mirada unas horas antes; había una bestia en sus ojos. Nunca había visto la locura tan de cerca. Le miré fijamente.
- Sí- me dijo- estoy loco. Tú también, eso me salva.-
Después de eso volví a desnudarme. Al fin y al cabo yo estaba allí para saciarle; eso me gustaba.

Entró en casa mojado, con una toalla en la cintura.
- Me tengo que ir - dijo.
- Sólo ha pasado media hora.
- Para mí han pasado dos días.
Me había acostumbrado a esos momentos de separación. Su jornada de caza había terminado. Había sido una buena noche. Le acompañé hasta la puerta y nos despedimos como siempre. La despedida era un trámite que había que pasar rápido y sin dramas. Me quedé de pie en el jardín hasta que su coche se alejó. No miró hacia atrás, nunca lo hacía. Yo ya estaba acostumbrada. A todo se acostumbra uno.


(Pino Montalvo)

martes, 1 de junio de 2010

Mi padre

Mi padre está viejo. Tiene un ojo inflamado y la voz raspada. Parece que le cueste hablar. Estamos en la mesa y come despacio. Yo le miro. No, no le miro; casi no puedo mirar sus manos.

Le gusta oírme hablar así que yo le hablo. Le gusta beber vino conmigo aunque no brindemos. Mi madre recoge la mesa y mi padre no se levanta. Parece que la vida le haya atropellado. Así, de repente, se le han teñido los ojos de gris.

Quiero abrazarle; agarrarle con fuerza para que se quede conmigo, para que no se lo lleve el tiempo. Quiero decirle que volverá a ser el de antes -fuerte y tosco como un tronco- pero no me atrevo. Casi no puedo mirar sus manos, que empiezan a temblar cuando sujeta los cubiertos...

(Pino Montalvo)

sábado, 9 de enero de 2010

10:30 de la mañana. En la cama de un hotel

Tengo que salir de aquí, tengo que volver a casa... Él se ha ido corriendo, como siempre, al amanecer. Con esa cara de “qué tarde es...mi mujer me va a matar”. Me tendría que haber ido con él... ¿qué cojones hago aquí? No me puedo mover... intenta dormir, pequeñita, intenta dormir. Lo hecho hecho está. Bien que disfrutabas hace una hora... No me gusta que se haga de día. Me ha dejado marcas el animal. Se me va a notar, tengo la cara quemada... se me va a notar... crema, un poco de crema, no la he traído. ¡Qué imbécil! Si sabía que iba a pasar esto, ¿por qué no la he cogido? Intenta dormir, pequeñita... un poquito solo... piensa que es de noche y que estás en tu camita... ¿Por qué aspiran el pasillo a estas horas? Seguro que nos han oído gritar como animales y ahora quieren que nos vayamos. ¡Pero él ya se ido! ¡El vampiro ya no está! Si pudiese dormir un poco... ¿nos habrán oído? Creo que he gritado mucho. No se dónde cojones estoy. No tiene corazón. Me ha dejado aquí... me tendría que haber ido con él. Si me hubiese hecho efecto la pastilla... ¿no es un relajante muscular? El cerebro también tiene músculos, ¿no? ¡Qué se me apague ya!. Puedo llamar a recepción y pedir un taxi para que me lleve al coche. Pero me puedo dormir en la carretera. Como se me suba el valium en medio del camino...Que sed, no tengo ni fuerzas para beber agua. Tengo el cuerpo destrozado... es un animal. Yo se lo he pedido, ¿por qué siempre se lo pido? “No me das miedo -voy y le digo- me tienes que dar miedo...” Ahg... no quiero pensar ahora en eso. ¿A qué hora es el check out? Me van a echar. Se creerán que soy una prostituta. Casi que lo soy, pero sin cobrar. Al revés, pago yo la mitad de esta habitación para que... para que me castigue. Lo único bonito es al principio de la noche, en el primer beso. Lo demás es vicio. Enfermedad. Cuando se hace de día, su amor muere. Nace de noche y muere al amanecer.

¿Por qué haces esto pequeñita? ¿Por qué?

No se. No lo se. Necesito cariño. Él me da mucho besos.

Pero luego te deja en un hotel en medio de la nada ¿Te gusta te traten mal? ¿Es eso lo que quieres?

No, no quiero nada, ahora no quiero nada. ¿Quién me puede sacar de aquí? ¿A quién puedo llamar? No voy a poder llegar a casa, no me puedo mover... en una hora me echan de aquí. No puedo salir con esta cara. Antes te tenía a ti. Mi buen amigo. Te quería mucho. Tú siempre estabas allí. Para lo que fuese. ¿Y si te llamo? ¿qué te digo después de tanto tiempo? Ayúdame, por favor, ayúdame. NO. Tú también me abandonaste. Lo hecho hecho está. Lo hecho hecho está. No tengo raíces. No tengo fe. “There is a light behind the light we see” Entonces la tenía. He apagado la luz. Tranquila pequeñita... todo pasará. Mamá me sigue llamando pequeñita. Pero ya tengo 30, engaño a mi marido y mamá está llena de dolores. Es mayor. La pobre mamá se está haciendo mayor y no quiere. Ella no quiere. Siempre fue tan guapa... no quiere envejecer. No se puede hacer nada. El tiempo pasa y se nos lleva a todos. Mamá... tengo miedo. Estamos tan solos... tan solos...

Tengo que salir de aquí, tengo que volver a casa...

(Pino Montalvo)

Una amiga de la infancia

Siempre fue una superviviente, una buscavidas. Su padre la pegaba y su madre no sabía que hacer con ella. Se escapó de casa unas cuantas veces antes de cumplir los dieciocho. Hacía muchos años que no la veía, me dijeron que se había ido a vivir a Amsterdan, después a Londres y que finalmente había vuelto a Madrid.

Me la encontré en un bar, con el pelo teñido de rubio y los brazos tatuados. Era su cumpleaños. Llevaba camisa de cuero y pantalones de pitillo. Parecía más alta por sus zapatos de tacón. Iba acompañada de un hombre vestido de traje que le doblaba la edad. Él bailaba al otro lado de la pista. Me abrazó y me dijo que se había acordado de mi todos estos años. Quería enseñarme fotos que guardaba de nuestra niñez, junto con viejas cartas y recortes de revistas que solíamos leer. Yo quería irme de allí, estaba cansada y era tarde. Le pregunté qué hacía con ese hombre. Me dijo que eran viejos amigos. Siempre mentía. Mientras hablábamos ella bailaba y reía. Me repetía una y otra vez que le hacía mucha ilusión haberme encontrado. Él hombre se acercaba de vez en cuando y le decía algo al oído, ella le acariciaba la cara y le decía que yo era una antigua amiga, que en un momento estaría con él. Me despedí de ella con un abrazo. Me dijo que la llamase, que quería enseñarme los recuerdos de nuestra infancia. En sus ojos volví a ver a la niña de trece años que se escapaba de casa y me pedía cobijo...

(Pino Montalvo)

martes, 8 de diciembre de 2009

Fragmentos de una carta

... "Estás entrando en mí, nunca has dejado de hacerlo, lo seguirás haciendo toda mi vida. Sueño contigo, estos días sueño contigo porque estamos en diciembre. ¿Recuerdas diciembre del año pasado? El último día del año fuimos a tomar algo por la tarde a aquel hotel -ayer pasé por allí-. Lo intentamos en el Montpelli primero, pero los salones estaban cerrados, en plena preparación del cotillón. Después de despedirnos te volví a llamar -no nos habíamos despedido del año como se debe-. Quedamos en la antigua estación de tren. Era de noche. Estuvimos un buen rato entre las obras, apoyados en una pared, abrazados."

... "Ahora estoy sin ti. Hace ya casi un año. Llega la navidad y la ciudad sigue igual, pero estoy sin ti. Hay mañanas que al abrir los ojos no recuerdo nada de esto; después vuelve la desolación, constante sensación de que algo va mal. No es por ti, no. Siempre me ha pasado, pero tú me calmabas. Sensación de estar muriéndome. Desazón. Algo va mal. Llevo un tanque dentro. Recuerdo la primera noche que pasé contigo. Me desperté a media noche sin saber donde estaba -constante desazón- miré a mi lado y te vi, durmiendo como un príncipe, con tu carita tranquila, tus ojos cerrados, tu piel blanca, un brazo fuera y el pecho medio descubierto. “Todo está en su lugar… todo está donde debe estar…” ni siquiera fue un pensamiento. Fue como si por fin hubiese llegado a casa después de haber estado perdida muchos años. Y mi cuerpo entero se tranquilizó. Sonreí. Te miré durmiendo. El silencio de la habitación, tu silencio, mi silencio. Fue lo más cercano que he estado al cielo. Todos estos años, después de aquella noche, he buscado esa sensación (como un adicto con su primer viaje). Solo la encontré a tu lado -todo en mi se silenciaba-como una muerte dulce-"

... "Ahora estoy sin ti. Mi viejo amigo. Sin ti el dolor se me va metiendo dentro y no sirve de nada, me va mellando y envejeciendo. Es un dolor inútil, lejos de convertirse en amor. A veces me vuelvo cruel. Trato a los demás sin amor. No perdono. Es la amargura. Me estoy matando, lo se, me estoy matando."

... "Tu nombre será la última palabra que pronuncie. Aunque no volvamos a vernos."

(Pino Montalvo)

lunes, 23 de noviembre de 2009

El fumador

Saca el paquete de tabaco de su bolsillo. Le quedan 3 cigarrillos y una cerilla. Le gusta el olor de las cerillas. A veces, solo fuma para encender una. Se pasa la lengua por los labios y se coloca el pitillo justo en el centro de la comisura superior.
Su última cerilla. Debe encenderla con fuerza y decisión. Hace chispa a la primera. Se quema los dedos, pero no le duele. Se acerca la cerilla a la boca. El papel del cigarrillo comienza calentarse. Sus pulmones se excitan e inhalan con energía. El tabaco va prendiendo, sus bronquios absorben el humo del pitillo y el olor de la cerilla. Le gusta la mezcla de ambos elementos.

Tira la cerilla al suelo. Levanta la cabeza y mira a su alrededor. No sabe muy bien que está haciendo allí. Se acerca hacia las paredes de la consulta. Solo ve diplomas. Diplomas que para él no significan nada. No se fía de los médicos. Cuelgan sus diplomas por las paredes y eso le confunde. No sabe si lo hacen para verse a ellos mismos, o para demostrar a sus pacientes que están en buenas manos. Disfruta de su cigarrillo mucho mas que con la compañía de aquel médico.

El médico. Sigue sin decir una palabra. Ya ha dicho todo lo que tenía que decir, que no es poco. Ese hombre de bata blanca que nunca ha visto antes. Ese médico que lo único que le ha proporcionado es la fecha de su muerte.
No hay nada mas que decir. Ya está toda su vida dicha.

El cigarrillo se consume muy lentamente. Se está mareando. El pitillo se le escapa de los dedos y cae; apoya su cuerpo sobre la mesa del médico; éste se incorpora para ayudarle; le dice mientras le sostiene, que en aquella consulta está prohibido fumar. Prohibido.

El fumador recupera el equilibrio. Mira hacia la ventana. Coge el cigarrillo del suelo, se lo vuelve a llevar a la boca, e inhala.

(Pino Montalvo)

La vencida

Nos vestimos y salimos huyendo de allí. Ya era de día. La luz blanca y cortante se me clavó en los ojos. La gente caminaba deprisa. La calle olía a perfume y café. Él llevaba en una bolsa de basura lo que había quedado de la noche; hielo, whisky, preservativos, cristales…

“A la tercera…”- Le decía riendo unas horas antes.
“Va la vencida…”- Me respondía llevándome hacia la habitación.
En aquellos momentos de la noche el tiempo ya no existía. Me encontraba mal. Había vomitado, mis piernas estaban como muertas, pero no podía irme de allí. No había ningún otro lugar en el que quisiese estar. No importaba lo que estuviésemos haciendo. No. Ya no importaba. Aquella iba a ser la última vez.
A la tercera, la vencida.

Pasamos muchas horas allí.
Hice de puta para despertar su cuerpo.
Se untó el pecho con cocaína.
Dejé caer un vaso al suelo.
Llenó de whisky mi boca y luego de semen.

Nos quedaban pocas fuerzas, casi no nos mirábamos. Mi cuerpo estaba dormido. De vez en cuando, él ponía otra copa o cambiaba de música. Estaba cansada, muy cansada.

Oímos el murmullo del día que empezaba. El tiempo volvió a nosotros enfurecido. Salimos huyendo de allí. Metimos lo que quedó de la noche en una bolsa de basura.
Ya en la calle, la luz. Vi mi reflejo en un escaparate, tenía la cara cubierta de marcas rojas y moradas, la piel arrugada. Me dijo que me acompañaba al coche pero el camino al coche pareció muy largo. Me dijo que aquello no podía repetirse.
“-¡Tengo que salir de esto! No podemos seguir así…
Yo le insistía una y otra vez que aquella había sido la vencida. Él miraba hacia los lados temiendo encontrarse algún conocido.
“- ¿Pero dónde está tu coche?! ¿Dónde tiro esta bolsa?!”- Me preguntaba.
“- No hace falta que me acompañes”- Le dije “- Dame la bolsa, yo la tiro.”
Nos dimos dos besos y me dijo que condujese con cuidado.

La bolsa de basura pesaba mucho, el líquido me goteaba en las piernas.
Me corté con un cristal en la rodilla.
Pesaba, pesaba como el infierno entero.
Creí que no llegaría al coche; que no llegaría a casa; que no llegaría a mañana.

(Pino Montalvo)

Las manos

Empecé a pensar en las manos de mi padre.
Solía caminar muy deprisa, como un soldado. Recordé mis pies chocando con todo lo que se me cruzaba en el camino y dejándome caer hacia los lados para que él me cogiese la mano.

Encendí un cigarrillo. Miré al hombre sentado a mi lado que seguía insistiendo en irnos a la parte de atrás del coche para terminar lo empezado. Le dije que ya no me quedaban fuerzas ni para volver a casa. Sus manos se agarraban al volante, miraba hacia el frente y me decía que no le podía dejar así. Hablaba desencajado, con la mirada perdida y la voz gastada. Le dije que lo sentía, él se revolvió en su asiento y se quedó callado.

Volví a pensar en las manos de mi padre. Cuando le alcanzaba él no reducía su paso, me ofrecía su mano y el resto del camino cargaba conmigo.
Recordé aquel tacto; su mano cogiendo mi mano.

Apagué el cigarrillo. El hombre sentado a mi lado se había quedado en silencio. En sus ojos había un niño furioso. Miré sus manos, eran manos suaves, me gustaba cómo se le marcaban los nudillos. Acaricié sus dedos, largos, delgados. Apoyé mi cabeza sobre su hombro y cerré los ojos. Me besó la frente y los parpados hasta llegar a mi boca.
- Vamos a la parte de atrás - dijo.
Sin soltar su mano comencé a desabrocharme el abrigo.

(Pino Montalvo)

Un día más, un día menos

Abrió los ojos una hora antes de que sonase el despertador. Se quedó tumbada respirando al unísono con Sebastián, que seguía durmiendo.
-Un día más - pensó - Hoy voy a estar tranquila.
Recordó la conversación que había tenido con su padre la noche anterior; recordó la voz de su padre, cansada y entristecida.
-Todo va a salir bien - se dijo. Un amigo al que quería mucho se lo dijo una vez: “Todo va a salir bien”. Desde entonces lo llevaba dentro, como un amuleto de piedra que sacaba de vez en cuando.

Se puso de lado y colocó otra almohada bajo su cabeza.

Tengo que mirar el libro que me recomendó el Flaco. Tiene buenas ideas. A mi no se me ocurre nada. ¿Qué pasó con la imaginación que tenía de pequeña?, Mama decía que tenía que explotarla... Voy a hacer las cosas bien, desde ahora voy a concentrarme más, estaré tranquila. Siempre que hago algo que me gusta, gusta en el trabajo. Cuando estoy segura de algo, lo compran. Me vendría bien saber actuar. Todo es teatro. “Lo tuyo es puro teatro....” Me esforzaré más.
Tengo que llamar a papa otra vez, que sepa que estoy a su lado, le animará hablar un rato, debería irle a ver este fin de semana… ¿Qué tenemos? Comida el sábado, clase de piano, no se si vendrá la madre de Sebastián el domingo, le puedo decir a papa que venga él también. Qué cansada estoy… no me apetece que venga nadie, quiero tumbarme todo el fin de semana. Pero le voy a decir que venga, que vea que alguno de sus hijos le quiere.
¿Y si no les gusta? ¿Y si no consigo hacer nada bueno? Mi jefe ya no confía en mi, tengo que mostrarme segura, como antes. Él no soporta a los débiles, se los come como si fuesen pollos. ¿Por qué busco su aprobación?, me hace sentir pequeña, inútil. Antes era más fuerte. Él no ayuda nada. Qué torpe y que egoísta, qué egoísta. Tengo que concentrarme, mostrarme tranquila.-

Empezó a entrar un poco de luz en la habitación, cogió el despertador y lo guardó en el armario.

- ¿Por qué suena tanto el tic tac? ¿Por qué lo llaman tic tac? No suena ni la “i” ni la “a”. Lo que tengo que hacer es airearme, ver a mis amigas, creo que las estoy perdiendo. María siempre está a mi lado cuando la necesito. Yo la abandono. Su dolor no me importa. Bueno, es que su dolor no tiene final… ni siquiera quiere salir de él. Es desesperante. Siempre la misma historia.
Papa está viejo, cojea… es la espalda. Cuánta tristeza. Ver a su hijo mayor tan borracho, tan hundido. Es un lastre, mi hermano es un lastre. No se puede hacer nada. No puedo ayudarle. No quiero. No le quiero ni ver. No le quiero. ¿Por qué nos ha tocado esto? Siempre aparentando una familia estable. La verdad es que mi hermano es el único consecuente: “¡Me habéis jodido! ¡Me has jodido, Papá! ¡Esto es en lo que me has convertido, en un perdido!”. Que egoísta es, siempre llorando su propio pasado como si los demás no hubiésemos sufrido. A veces me recuerda a X, solo que X es más fuerte, tiene una base mucho más fuerte. Y tiene a Dios. X tiene fe. Confía en que Dios le va a perdonar. Pero mi hermano… parece que ya no tiene solución. Creo que va a morir joven, le matarán o se ahorcará. Y papa y mama… ¿Cómo vivirán sus últimos años con su muerte a cuestas?-

-Todo va a salir bien… todo va a salir bien… Ya hace un mes que no me pierdo en la noche, muy bien, a ver si aguanto un poco más. ¡Qué mala es la noche! ¡Qué inhumana! ¡Peor que una guerra! Por lo menos en una guerra destruyes por un ideal, aunque no sea el tuyo. Las noches sin límite son gratuitas. El placer no vale nada, nos convierte en muertos. ¡Ni siquiera en muertos! No nos hemos ganado la muerte todavía. Me dejo llevar, no se por qué, me dejo llevar por algunas personas. Ángeles o demonios. Me dejo llevar y lo olvido todo, mi vida, dejo todo a un lado. Lo abandono como si me diese igual perderlo: Sebastián, mis hermanos, mis padres, mis amigas, mis gatos, mi trabajo… hasta yo desaparezco. Tal vez no tenga amor. Tal vez no sienta nada.-

-Hoy voy a llamar papa; voy a hacerle ver que estoy a su lado.-

Sonó el despertador. Sofía lo apagó y cerró los ojos. Sebastián se incorporó de un salto, miró por la ventana y se volvió a tumbar abrazándose a ella.
- …Hoy voy a estar tranquila, todo va a salir bien…-
Respiró hondamente, le dio un beso en la frente y se levantó.

(Pino Montalvo)

domingo, 22 de noviembre de 2009

El hermano mayor

No recuerdo si alguna vez quise a mi hermano mayor.

Hoy me han contado lo que pasó con mi otro hermano. No sabía que había muerto mientras dormía. Y tampoco que mi madre, había cerrado la puerta de su dormitorio para no oírle llorar. En aquella época, se tenía la costumbre de dejar llorar a los bebes para que no creciesen malcriados.

Hoy he entendido por qué mi madre se ha dejado llevar siempre por sus instintos. He sido consciente de que no siempre se dejó llevar por sus instintos; que hubo una época, en la que mi madre hacía caso de ciertas costumbres que mataron a su bebe. He comprendido, por qué mi hermano mayor ha sido siempre paranoico, agresivo y sorprendentemente débil; nació 5 años después de que muriese el primer hijo de mi madre, y ya con 1 día de vida, podía percibir en la mirada de mi madre que él no iba a sustituir su pérdida. Así que mi hermano mayor, después de 30 años intentando ocupar la falta de aquel primer bebe que murió mientras dormía, ha decidido terminar su historia.

Ayer, a las 19 horas y 13 min, mi hermano mayor murió mientras dormía. 10 minutos antes, había ingerido un bote de pastillas. 10 minutos antes de tomarse la última pastilla, escribió un par de frases despidiéndose de mi madre. 10 minutos antes de escribir aquellas últimas palabras, me llamó por teléfono al móvil.
No se lo cogí.

(Pino Montalvo)

El reencuentro

Estaba a punto de separarme. Mi vida se desmoronaba y tenía miedo, mucho miedo.

Un día me llamó una antigua amiga del campamento. Hacía muchos años que no la veía. Siempre fue la niña más guapa; seguía siéndolo. Recordaba su pelo castaño y liso cubriéndole la espalda. Recordaba sus ojos color aceituna; su acento andaluz; su aire musical (un poco arrogante y flamenco).

Vivía sola en Malasaña desde hacía seis meses. Se había ido de Sevilla para olvidar. Estuvo enamorada siete años de un hombre casado. Fueron amantes. Ella le esperó siempre (seguía esperándole), pero él era de falsas promesas, bien acomodado. Me dijo que todos aquellos años habían sido años perdidos, años de sufrimiento y soledad. Hacía poco que su amante la había llamado. Ella hizo las maletas y se fue el fin de semana a Sevilla, al hotel donde siempre se encontraban. Cuando volvió a Madrid no supo más de él.

Una noche salimos con nuestros amigos del campamento. Bailó con su primer amor toda la noche. Me contó después que se fueron juntos al salir del bar; que se sintió de nuevo como una niña, pero esta vez como mujer; que durmieron en casa de él; que a su lado se sintió protegida; que a la mañana siguiente, él no tenía nada para desayunar y mientras la acompañaba a la puerta se despedía con un “ya nos veremos”; que todos los hombres son iguales; que van a lo que van...

La última vez que hablamos, me dijo que me fuese a vivir con ella. Le dije que me lo pensaría. Me imaginé viviendo con ella; me imaginé despertándome en un piso en Malasaña; me imaginé saliendo por las noches y volviendo a casa al amanecer; me imaginé mendigando amor en cada esquina.

No volví a llamarla.

(Pino Montalvo)

El niño

Era consultor en una importante empresa. Tenía 29 años y los ojos de un azul brillante cielo. Reconocí el niño que había en él cuando, al quedarnos solos un momento, agachó la cabeza sobre sus rodillas y se la cubrió con las manos.

Yo también me volví niña y me quedé callada, sin saber qué decir...

(Pino Montalvo)

Reconciliacion 01

Me contaron una historia sobre un psicoanalista y su paciente.

Llevaban más de un año viéndose en consulta. El paciente hablaba de su mujer, de su trabajo, de su madre, del colegio... pero nunca nombraba a su padre.

Un día de tormenta, el paciente llegó tarde y empapado por la lluvia. Nada más entrar en la consulta, mientras se quitaba el abrigo dijo:

“- ¡Me cago en mi padre! ¡La que está cayendo!”

El psicoanalista le mandó a casa en ese mismo momento, después de cobrarle (claro) los 60 eur de la cita. El paciente se fue muy enfadado, jurándose que cambiaría de psicoanalista esa misma semana. Pasó toda la noche en vela, preguntándose qué le habría hecho al psicoanalista para que éste le echase de la consulta.

A la mañana siguiente se acordó de la lluvia que había caído la tarde anterior, recordó lo empapado que estaba cuando llegó a la consulta y lo que dijo al entrar: “¡Me cago en mi padre! ¡La que está cayendo!”.

El paciente volvió a la semana siguiente a la consulta y empezó a hablar de su padre...

(Pino Montalvo)

Reconciliación 04

No hablaba con su hijo mayor desde hacía muchos años. Frente a sus amigos era el más bromista, en casa siempre de mal humor.

En el hospital, momentos antes de morir, pidió que cerrasen un poco las cortinas. No quería demasiada luz; la suficiente para ver a su familia.

Cogió la mano de su hijo mayor y le miró a los ojos por primera vez. Su hijo lloró. Él le acarició la mejilla. Entonces se le fue el miedo. Todo el miedo. La muerte, antes de llevárselo, le había hecho el regalo más preciado: un corazón humilde.

(Pino Montalvo)

Horas

Le quedaban cuatro horas de vida.
Me dijo que quería volver a nuestra casa.

La cama estaba sin hacer. Él se acostó.
Yo fui a la cocina. Le preparé un zumo de naranja. Mas tarde le pregunté si tenía hambre. Le habría hecho algún plato de los que teníamos como preferidos, pero me dijo que solo quería que estuviese con él, bajo las sábanas. Cerré las cortinas y encendí la luz de la mesilla, coloqué la lámpara en el suelo. Me pidió que le quitase la ropa, el estaba muy cansado para hacerlo. Yo también me desnudé.

Le quedaban dos horas de vida.
Ya casi no hablábamos.

Cuando solo le quedaba un momento de vida, nos miramos.
Vi miedo en sus ojos. Apagué la luz y le abracé.

(Pino Montalvo)

Cuando la hierba se seca

Estaba atardeciendo, el viento movía los árboles y las hojas empezaban a caerse. María se sirvió más vino y dejó el libro sobre la mesa del porche.

Sebastián se sentó a su lado. Callados, miraban hacia la parte seca del césped. A la vuelta de su viaje lo encontraron así, un riego se había roto y estaba haciendo mucho calor. María recordó cuando él, unos años antes, quiso plantar el césped.
-¡No lo vamos a poder cuidar! ¡Es demasiado trabajo!
- Pero el jardín estará precioso, María, lo disfrutaremos. Ya verás lo acogedor que será el jardín cuando la tierra esté verde…

Y así fue. Cada día, cuando volvía del trabajo, ella se tumbaba bajo un árbol y pasaba las manos sobre el césped húmedo. Al atardecer, se sentaba en el porche, le gustaba ver cómo se regaba, el olor y su frescura. Sebastián, cada día, al volver de la oficina, dejaba su bolsa, se cambiaba de ropa y salía al jardín a quitar las malas hierbas, si no hacía esto en unos días, los hierbajos tomaban territorio y cubrían por entero el jardín. Una vez a la semana, tenía que segarlo. Un día si y otro no, el riego se rompía, el pozo se secaba o los plomos se fundían y él se pasaba el fin de semana arreglándolo.

María volvió a coger el libro y simuló leer. Recordó la ilusión que solía tener para plantar flores en primavera, regar la lavanda, recoger los membrillos en septiembre, los paseos por el lago, la casa siempre llena de amigos… Ahora se dormía cuando tenían invitados y la nevera siempre estaba vacía.
-Mucho trabajo -pensó María- ¿Cómo hemos llegado a esto? Se pasa el día arreglando cosas y yo... Siempre hay algo roto, todo son problemas.

Él se levantó y fue hacia la parte seca del césped, encendió la manguera y lo regó largo tiempo hasta encharcarlo.
- ¡No se puede hacer nada! - dijo María - ¡Déjalo! Ya volverá a crecer…
Los dos sabían que no volvería a salir.

- ¿No vamos a cenar?- dijo Sebastián -
- Hay una manzana para ti, yo no voy a tomar nada.
Él se metió en la casa y salió al momento con la manzana.
- Está podrida- Dijo Sebastián.
María no respondió y siguió leyendo. Él miró la manzana, la miró a ella, tiró la manzana contra un árbol y se metió dentro.

María dejó el libro sobre la mesa y cerró los ojos. El viento era fresco, estaba anocheciendo. Abrió los ojos y se bebió el último trago de vino. Volvió a mirar la parte seca del césped.
- Está muerto – pensó – todo está muerto.

(Pino Montalvo)