A ti,
Que me abrazas cada noche
y me despiertas sonriendo
aunque el sol no haya salido.
Que me esperas cuando no estoy
y dejas la luz encendida
para alumbrar el camino de vuelta.
A ti,
Que has construido nuestra casa
y me has enseñado a abrir las puertas
a todo el que lo ha necesitado.
Que has sido siempre noble
tan noble, que allí por donde caminas
hasta los árboles se inclinan.
A ti,
que siempre has tenido una mirada
de amor, de esperanza y de alegría
sobre mi y sobre el mundo entero.
-Tu tienes la nobleza de los príncipes antiguos,
tienes la gracia del que ama y perdona-
A ti,
a ti te debo mi querer
todo mi querer.
(Pino Montalvo)
jueves, 25 de agosto de 2011
domingo, 6 de marzo de 2011
jueves, 16 de diciembre de 2010
Sobre la creación
Para poder crear necesitamos la noche. Es en la penumbra cuando vemos la sombra de las cosas, lo que hay detrás, lo subterráneo. Es esta oscuridad cuando necesitamos dejar testimonio, sacar de nosotros lo desconocido y transformarlo.
Lo que no comprendemos; aquello que da vueltas y vueltas esperando a ser nombrado; aquello que nos aprisiona y nos aísla, lo podemos liberar a través de la creación.
Y si llegamos a la creación lo celebramos. Celebramos que la verdad y la belleza son una, reunidos una vez más, "como hermanos que se encuentran en la noche..."
(Pino Montalvo)
Lo que no comprendemos; aquello que da vueltas y vueltas esperando a ser nombrado; aquello que nos aprisiona y nos aísla, lo podemos liberar a través de la creación.
Y si llegamos a la creación lo celebramos. Celebramos que la verdad y la belleza son una, reunidos una vez más, "como hermanos que se encuentran en la noche..."
(Pino Montalvo)
domingo, 21 de noviembre de 2010
La llegada del invierno
"Estaban muy lejos el uno del otro, como si se hubiesen marchado cada uno a un mundo distinto. A veces él la hacía una pregunta y no escuchaba su respuesta. Ella empezó a sentirse pequeña. El universo aun conservaba su misterio y ella se había desnudado entera. Llegó el invierno. Hacían como si no pasase nada, pero estaba pasando y no hacían nada para evitarlo."
"Vuelvo siempre al mismo lugar. Lo que ha sido será."
"La camarera del bar era búlgara. Tenía los brazos grandes y la mirada agria. Parecía que de un momento a otro te podía echar a la calle, pero cuando sonreías al irte, ella te devolvía una sonrisa dulce y de despedida".
"Cuando llegó a su cita con el psicólogo le dijeron que se había confundido de día. Salió de la recepción y no sabía donde ir. Empezó a dar vueltas por la calle creyendo que todo el mundo se reía de él."
"Pasaban varios días sin hablarse, parecía que estuviesen enfadados. Cuando él volvía a mirarla con deseo, ella dejaba limosnas en todas las iglesias."
"Eran amigos desde hacía muchos años, tantos que habían olvidado qué podían tener en común."
"Te miro, ya no veo nada. Lo hemos dejado pasar. Como si yo me hubiese bajado en España y tu te hubieses ido hacia Rusia. No bailaremos más. Pero no lo olvides todo, quédate con algo para cuando nos despidamos. Puede que volvamos a amarnos justo antes del gran final."
"Vuelvo siempre al mismo lugar. Lo que ha sido será."
"La camarera del bar era búlgara. Tenía los brazos grandes y la mirada agria. Parecía que de un momento a otro te podía echar a la calle, pero cuando sonreías al irte, ella te devolvía una sonrisa dulce y de despedida".
"Cuando llegó a su cita con el psicólogo le dijeron que se había confundido de día. Salió de la recepción y no sabía donde ir. Empezó a dar vueltas por la calle creyendo que todo el mundo se reía de él."
"Pasaban varios días sin hablarse, parecía que estuviesen enfadados. Cuando él volvía a mirarla con deseo, ella dejaba limosnas en todas las iglesias."
"Eran amigos desde hacía muchos años, tantos que habían olvidado qué podían tener en común."
"Te miro, ya no veo nada. Lo hemos dejado pasar. Como si yo me hubiese bajado en España y tu te hubieses ido hacia Rusia. No bailaremos más. Pero no lo olvides todo, quédate con algo para cuando nos despidamos. Puede que volvamos a amarnos justo antes del gran final."
viernes, 29 de octubre de 2010
Mi tío Sito
Mi tío Sito era un hombre tranquilo, hablaba poco. Le gustaban las anchoas y los camarones. De pequeña le llamaba tío “Osito” (tenía los ojos como los de un oso panda). Pasábamos los veranos en su casa de la playa, había un jardín con árboles frutales y una pista de tenis abandonada. Me pasaba el día comiendo ciruelas, peras y manzanas. Él se pasaba el día leyendo en su hamaca o limpiando la piscina. Un día, muy de pequeña, dije que quería casarme con el tío “Osito” porque era rico y no molestaba. Mi padre no era pobre, pero siempre estaba gritando. Mi tío era nieto de un famoso fabricante de cerámica del siglo pasado. Sus platos ahora cuelgan en los museos. Me gustaba estar con mi tío Sito, era gallego, discreto y elegante. No expresaba mucho, pero le gustaba escuchar historias. En los restaurantes siempre le daban la mejor mesa. Solíamos ir a “Angelito”, un restaurante cerca de su casa. Había un patio interior con dos árboles centenarios, álamos blancos, árboles de hojas plateadas que cubrían las mesas con luz brillante. En él se juntaban los de siempre; los amigos de la playa. La mitad del tiempo, se levantaban unos y otros a saludarse entre ellos. Recuerdo el olor de los manteles y las patatas fritas recién hechas; era un lugar en el que no te podía pasar nada. Solíamos comer allí los domingos, después de la playa. Mi tío se sentaba en la esquina, mirando al patio, la gente venía saludarle. Siempre me pareció un hombre mayor, un señor de los de antes. Sin querer aparentarlo, formaba parte de los últimos caballeros gallegos. Murió con 81 años. Nunca hablé mucho con él, pero secretamente le admiraba y le respetaba. Le vi por última vez este verano. Me senté a su lado un buen rato. No hablamos de nada. Mi tía trajo un plato con anchoas y pan de maíz.
A mi tío.
(Pino Montalvo)
A mi tío.
(Pino Montalvo)
domingo, 24 de octubre de 2010
Apuntes de Chéjov
"Sofía desagradaba a Iván: huele a manzanas."
"En los hoteles rusos huelen mal los manteles limpios."
"Ivachín sabía filosofar muy bien sobre el amor; pero amar, no."
"No fui yo quien dañó por siempre aquella fuerza; fue ella quien me dejó dañado hasta el final de mis días."
"En su vida, sólo había dos fuentes de verdadera felicidad: los escritores y, a veces, la naturaleza."
"Para la música, él no tiene oído, y para la vida, tampoco. Y aquel que no tiene oído cree que los músicos desafinan y que él es el único en notarlo. Y la vida, créame, sigue su curso natural, nadie desafina, cada uno canta lo que canta y canta lo que debe cantar."
"Él no había sido feliz más que una sola vez en su vida: bajo un paraguas."
"Ella no tenía el hábito de llorar; pero, después de la partida de Fiodor, durante su crisis, cómo lloró."
"Por el honor de su madre, he jurado dar a los otros cuanto tenga. Mi ideal: morir sin un centavo."
"Un hombre honesto llega a sentir vergüenza, a veces, delante de un perro."
"Un hombre no puede vivir sin fe."
Cuaderno de notas (Anton Chéjov)
"En los hoteles rusos huelen mal los manteles limpios."
"Ivachín sabía filosofar muy bien sobre el amor; pero amar, no."
"No fui yo quien dañó por siempre aquella fuerza; fue ella quien me dejó dañado hasta el final de mis días."
"En su vida, sólo había dos fuentes de verdadera felicidad: los escritores y, a veces, la naturaleza."
"Para la música, él no tiene oído, y para la vida, tampoco. Y aquel que no tiene oído cree que los músicos desafinan y que él es el único en notarlo. Y la vida, créame, sigue su curso natural, nadie desafina, cada uno canta lo que canta y canta lo que debe cantar."
"Él no había sido feliz más que una sola vez en su vida: bajo un paraguas."
"Ella no tenía el hábito de llorar; pero, después de la partida de Fiodor, durante su crisis, cómo lloró."
"Por el honor de su madre, he jurado dar a los otros cuanto tenga. Mi ideal: morir sin un centavo."
"Un hombre honesto llega a sentir vergüenza, a veces, delante de un perro."
"Un hombre no puede vivir sin fe."
Cuaderno de notas (Anton Chéjov)
domingo, 3 de octubre de 2010
Los enamorados
Ella me habló de su admiración hacia los escritores, de su valentía al enfrentarse a sí mismos. Su marido es poeta, el hombre al que más he amado. Casi abandono mi vida por él; casi. Mi terapeuta dice que a veces tomamos una decisión interior y nos es imposible saber por qué, simplemente la tomamos. Ahora él está enamorado. Podría decir que hasta se parecen físicamente. Yo siempre supe que no ibamos a pasar nuestra vida juntos, aun así me guardé París para él.
(Afortunados los enamorados. Toda la vida por delante y alguien con quien construirla. Se acarician como si no hubiese más cuerpos en el mundo. Se acuestan por la noche y dan las gracias por poder dormir al lado del otro. Cocinan con amor. Se acompañan y se esperan en cafeterías. Se regalan música y hablan hasta el amanecer. Se ríen de las conversaciones que hay en las mesas contiguas. Se ríen porque saben que no hay nadie tan feliz como ellos. No hay nada más luminoso que estar enamorado y ser correspondido. Uno hace milagros estando enamorado. El egoísta se vuelve compasivo y el dormilón no puede dormir. Sensación de juventud y de que todo florece. La muerte se hace lejana, casi imposible.)
Ahora él está enamorado. Se lo merece. Antes su casa estaba fría. Ya no tiene pesadillas. Tiene mejor color, antes era blanco como un espectro; ahora tiene las mejillas coloradas. Ella es dulce y paciente. Me dijo que admira a los escritores por su valentía. Acababan de volver de París. Estuvieron paseando por las calles de los poetas. Los dos dijeron al unínoso: ¡Qué bonito París en otoño!
(Pino Montalvo)
(Afortunados los enamorados. Toda la vida por delante y alguien con quien construirla. Se acarician como si no hubiese más cuerpos en el mundo. Se acuestan por la noche y dan las gracias por poder dormir al lado del otro. Cocinan con amor. Se acompañan y se esperan en cafeterías. Se regalan música y hablan hasta el amanecer. Se ríen de las conversaciones que hay en las mesas contiguas. Se ríen porque saben que no hay nadie tan feliz como ellos. No hay nada más luminoso que estar enamorado y ser correspondido. Uno hace milagros estando enamorado. El egoísta se vuelve compasivo y el dormilón no puede dormir. Sensación de juventud y de que todo florece. La muerte se hace lejana, casi imposible.)
Ahora él está enamorado. Se lo merece. Antes su casa estaba fría. Ya no tiene pesadillas. Tiene mejor color, antes era blanco como un espectro; ahora tiene las mejillas coloradas. Ella es dulce y paciente. Me dijo que admira a los escritores por su valentía. Acababan de volver de París. Estuvieron paseando por las calles de los poetas. Los dos dijeron al unínoso: ¡Qué bonito París en otoño!
(Pino Montalvo)
domingo, 1 de agosto de 2010
Por la mañana
Pasó media hora. No conseguía dormirme. Le oí levantarse y salir al jardín. Miré por la ventana. Iba hacia la piscina. Hacía ya un rato que había amanecido. A esas horas el jardín parecía estar iluminado por ángeles. Él no era un ángel; todo lo contrario. Aún así se le permitía caminar bajo esa luz y sumergirse en el agua. Me gustó verle entre los árboles. Aquel hombre, mitad hombre mitad animal, que había estado toda la noche encima de mí, cabalgando sin descansar, caminaba ahora por el jardín con los pájaros de la mañana.
Se metió en el agua despacio y buceó un buen rato. Me acordé de su mirada unas horas antes; había una bestia en sus ojos. Nunca había visto la locura tan de cerca. Le miré fijamente.
- Sí- me dijo- estoy loco. Tú también, eso me salva.-
Después de eso volví a desnudarme. Al fin y al cabo yo estaba allí para saciarle; eso me gustaba.
Entró en casa mojado, con una toalla en la cintura.
- Me tengo que ir - dijo.
- Sólo ha pasado media hora.
- Para mí han pasado dos días.
Me había acostumbrado a esos momentos de separación. Su jornada de caza había terminado. Había sido una buena noche. Le acompañé hasta la puerta y nos despedimos como siempre. La despedida era un trámite que había que pasar rápido y sin dramas. Me quedé de pie en el jardín hasta que su coche se alejó. No miró hacia atrás, nunca lo hacía. Yo ya estaba acostumbrada. A todo se acostumbra uno.
(Pino Montalvo)
Se metió en el agua despacio y buceó un buen rato. Me acordé de su mirada unas horas antes; había una bestia en sus ojos. Nunca había visto la locura tan de cerca. Le miré fijamente.
- Sí- me dijo- estoy loco. Tú también, eso me salva.-
Después de eso volví a desnudarme. Al fin y al cabo yo estaba allí para saciarle; eso me gustaba.
Entró en casa mojado, con una toalla en la cintura.
- Me tengo que ir - dijo.
- Sólo ha pasado media hora.
- Para mí han pasado dos días.
Me había acostumbrado a esos momentos de separación. Su jornada de caza había terminado. Había sido una buena noche. Le acompañé hasta la puerta y nos despedimos como siempre. La despedida era un trámite que había que pasar rápido y sin dramas. Me quedé de pie en el jardín hasta que su coche se alejó. No miró hacia atrás, nunca lo hacía. Yo ya estaba acostumbrada. A todo se acostumbra uno.
(Pino Montalvo)
martes, 1 de junio de 2010
Mi padre
Mi padre está viejo. Tiene un ojo inflamado y la voz raspada. Parece que le cueste hablar. Estamos en la mesa y come despacio. Yo le miro. No, no le miro; casi no puedo mirar sus manos.
Le gusta oírme hablar así que yo le hablo. Le gusta beber vino conmigo aunque no brindemos. Mi madre recoge la mesa y mi padre no se levanta. Parece que la vida le haya atropellado. Así, de repente, se le han teñido los ojos de gris.
Quiero abrazarle; agarrarle con fuerza para que se quede conmigo, para que no se lo lleve el tiempo. Quiero decirle que volverá a ser el de antes -fuerte y tosco como un tronco- pero no me atrevo. Casi no puedo mirar sus manos, que empiezan a temblar cuando sujeta los cubiertos...
(Pino Montalvo)
Le gusta oírme hablar así que yo le hablo. Le gusta beber vino conmigo aunque no brindemos. Mi madre recoge la mesa y mi padre no se levanta. Parece que la vida le haya atropellado. Así, de repente, se le han teñido los ojos de gris.
Quiero abrazarle; agarrarle con fuerza para que se quede conmigo, para que no se lo lleve el tiempo. Quiero decirle que volverá a ser el de antes -fuerte y tosco como un tronco- pero no me atrevo. Casi no puedo mirar sus manos, que empiezan a temblar cuando sujeta los cubiertos...
(Pino Montalvo)
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